viernes, 17 de enero de 2014

Un maestro a orillas del lago Titicaca por Rodolfo Kusch

Nos dijeron que el maestro había ido al lago a pescar. Tenía urgencia de hablarle. Necesitaba que me abriera la iglesia para examinar unos murales, y él era el único quien podía hacerlo. Todos me habían negado el permiso. Además tenía interés en conversar con un maestro de un pueblo dormido a orillas del lago Titicaca. Seguramente contaría con pocos alumnos y todos campesinos, de modo que tendría problemas diferentes a los que se presentan en la gran ciudad.
Aquella noche cenamos con él. Era muy humilde y vestía pobremente, pero denotaba una extraordinaria dignidad y pureza a través de todos sus actos. Se advertía que era la autoridad más importante del pueblo, ya que se le consultaban todos los asuntos que afectaban a la comunidad.
Recuerdo que hablamos de tests. Es natural que así fuera. Para los que somos de Buenos Aires, el tests es un símbolo: supone evolución, progreso y además con él se miden cosas; eso es lo más importante. El maestro era inteligente y se interesó. Pero cuando le insistí que podía enviarle algunos, se sonrió. Comprendí que su interés no llegaba a tanto.

Rodolfo Kusch (de espalda) junto a integrantes del proyecto Ayni Ruway
Me dijo entre otras cosas que no tenía problemas de disciplina, ni de carácter con sus alumnos. Un fuerte lazo afectivo los ligaba todos. Un día las autoridades lo habían trasladado y los alumnos lo fueron a buscar en un camión. Eso nos agrada y lo entendemos. En estos casos solemos decir que un maestro es un apóstol de la ciencia y de la cultura, especialmente en ese lugar tan inhóspito, aunque no nos parezca tan conveniente su indiferencia ante los tests.
Sin embargo este maestro tenía algo más. Al fin y al cabo, ser un maestro no significa sólo conocer la ciencia y la cultura. Esto sería demasiado pobre y más, si únicamente  se dedicara a aplicar tests. Había otra cosa detrás de él. Y pensé que sería el lago. Veamos por qué.
Este lago siempre estuvo cargado de misterios. Todo lo que se lee sobre él es extraño. No sólo fue el lago sagrado de las culturas antiguas, sino que aún hoy en día se le atribuye un sin fin de cosas, quizá un poco exageradas para un simple fenómeno geográfico. Pero aún así es sugestivo: ¿qué pensar sino de un lago situado a cuatro mil metros de altura, llevado ahí por el plegamiento de los Andes, y con un ancho igual a la distancia que existe entre Buenos Aires y La Plata, y un largo tres veces mayor?
Mi encuentro con el lago fue paulatino. El primer contacto ocurrió en el barco que une las ciudades de Guaqui y Puno. Era de noche y se escuchaba el chapoteo de las olas en la quilla. A lo lejos, sobre una lejana costa, los chisporroteos de los relámpagos daban un aire de leyenda. El lago se mezclaba con los antiguos dioses: Chuquilla o Mamacocha, el rayo y el mar.
La segunda vez fua a la vuelta, cuando viajaba desde Puno en un camión hasta Copacabana. Recuerdo que un paceño me hablaba entusiasmado del tango, cuando en un recodo del camino, en Chucuito, un pueblo de hechiceros, de pronto apareció el lago inmenso como un mar.
La tercera vez fue cuando cruzaba la frontera entre Yunguyo y Copacabana. Aquella noche llegamos tarde y habían cerrado la frontera a los camiones. Contratamos entonces unos indios para que lleven las cosas, y nos pusimos en marcha.

Era una noche cerrada. Nos detuvimos a descansar. Cerca nuestro brillaban tenuemente las aguas del lago. El paraje daba un poco de miedo. Hice una alusión a la posible aparición de Chuquichinchay, un felino legendario que llevaba en la frente una piedra luminosa. Ni bien pronuncié este nombre, uno de los indios tomó apresuradamente un bulto y corrió. Se había asustado. La leyenda vivía aún en su alma. El lago y Chuquichinchay eran en su mente la misma cosa. Todavía hoy en día en Chucuito los hechiceros suelen armar un altar para sus ritos, según parece para favorecer la caza.
Finalmente pude enfrentar el lago en Copacabana para examinarlo de cerca y dialogar con él, como se suele hacer con las grandes cosas. Chapoteé en sus aguas. En el fondo se veían piedras relativamente grandes, cubiertas de plantas marinas. Sobre los bordes, un pequeño terraplén de arenas gruesas. Y luego su extensión. ¡No sé que terrible e inconmovible significado trasuntaba, algo así como la de un inmenso dinosaurio petrificado en esa altura!
Hoy en día ese lago es aún fuente de extrañas leyendas. Una mujer en Perú me había relatado que su novio, un gringo, como se suele llamar a los rubios, cruzaba el lago en una lancha por razones de trabajo. Nunca más lo vio. Se dijo que había caído al agua y hubo quien suponía que lo habían empujado los indios. Estos necesitaban una ofrenda para la cosecha y el lago nunca devuelve sus muertos.
Además es el lago de las ciudades sumergidas. El barco que une a Puno con Guaqui había rozado algunas ruinas. Sin ir más lejos, Tiahuanaco, esa extraña ciudad cerca de sus orillas, totalmente en ruinas, se dice que fue súbitamente abandonada por sus habitantes a causa de un catastrófico desborde del lago, según supone un arqueólogo boliviano. Una parte del las decoraciones de la famosa puerta del sol quedaron inconclusas, y se ha comprobado que una capa de sedimentos marinos cubre la zona.
Indudablemente el lago Titicaca, además de ser un fenómeno geográfico, es un símbolo, una especie de monstruo que devora hombres y ciudades; que no obstante su quietud, se embravece prodigiosamente cuando sopla el viento, y que, sin embargo, alimenta a sus hijos con peces. Todo eso junto, hace un personaje.
¿Pero dónde termina la mente de uno y dónde comienzan las cosas? Por ejemplo compro un jarrón porque me gusta. En cierto modo ya pertenece a mi vida. Pero salgo del negocio y se me rompe. Me aflijo. ¿Qué lamento entonces? ¿La simple rotura del jarrón? Esto es lo que digo a todos. Pero en el fondo se ha estrellado contra el suelo un pedazo de mí mismo. Nuestra vida se desparrama misteriosamente entre las cosas. Y, si eso decimos del jarrón, qué no diremos del lago Titicaca. Qué gran pedazo de vida tenemos que desparrama en él para incorporarlo a nuestra alma.
El lago es un símbolo para el boliviano, lo mismo que la Pampa lo es para nosotros los argentinos. ¿Símbolos de qué? Pues de la parte más profunda de nuestra alma y precisamente de algo inconfesable. Si algún día dijéramos lo que llevamos muy adentro del alma, eso mismo sería tan tremendo como el lago o como la pampa. Lago y pampa son la base. Si nos sacaran esa base nos sentiríamos como esos astronautas que han perdido la gravedad, ya no habría ni arriba ni abajo: seríamos una simple máquina que flota en el espacio.
¿Y por qué ir tan lejos? La vereda de nuestra casa, la calle, las casas de los vecinos, el paso a nivel cercano, la avenida a dos cuadras, también son trozos de nuestra intimidad. Vivimos siempre metidos en un paisaje, aunque no lo querramos. Y el paisaje, ya sea el cotidiano o el del país, no sólo es algo que se da afuera y que ven los turistas, sino que es el símbolo más profundo, en el cual hacemos pie, como si fuera una especie de escritura, con la cual cada habitante escribe en grande su pequeña vida.

Rodolfo Kusch junto a otros integrantes del proyecto Ayni Ruway 
Y el lago Titicaca, que se da como lago y como símbolo, interviene en la enseñanza del maestro aquel. Algún día este maestro tendrá que enseñar el teorema de Pitágoras. ¿Para qué? ¿Para enseñar otra cosa más, o para redondear eso que sus alumnos ya saben del lago, eso que necesitan para vivir junto a él?
He aquí un problema de la enseñanza que se nos ha olvidado. Al lago lo conocen todos. A Pitágoras, nadie. El lago es inmenso y Pitágoras es chico. Es lo que solemos olvidar entre nosotros. ¿Se aprende para saber mucho, o se aprende para poder inscribir la propia vida en el paisaje? ¿Acaso no se aprende sólo para vivir? ¿Y por qué insistir en enseñar algo más que eso que llevamos en lo más hondo del alma, eso que se da como lago o como pampa afuera?
Los amautas enseñaban a sus alumnos las cosas de su tierra y sus creencias mediante cordeles, a los cuales agregaban nudos: eran los quipus. Cada nudo equivalía a una palabra nuestra o a una idea. Los usan aún hoy los indígenas para contar sus ovejas. Cada nudo corresponde a una cosa. Por un lado había un signo, por el otro un trozo de vida que le correspondía. Vida y signo iban de la mano.
Era una virtud de las antiguas culturas. pero en el siglo XX hacemos al revés: aprendemos los signos, técnicas, ciencias, pero no sabemos con exactitud a qué aspecto de nuestra vida corresponden.
Por eso se sonreía aquel maestro cuando le hablábamos de los tests. Debió sospechar que rendíamos demasiada pleitesía a nuestro siglo. Y más aún, habrá advertido que no somos totalmente sinceros. Porque, ¿qué sabemos del siglo? Apenas si compramos a escondidas algún manual de divulgación, o un diccionario para ponernos al tanto; luego lo colocamos en la biblioteca y nos olvidamos. De vez en cuando solemos hojearlos sólo para ver la ortografía de alguna palabra y nada más. Ahí se acabó el siglo. ¿Y no hace lo mismo el científico que pertenece a una sociedad internacional?
Es que tenemos una psicosis del siglo cuyo síntoma evidente es el cohete. Desde que se inventaron estos artefactos, todos piensan evadirse de donde sea: del lago o de la pampa. Pero en el cohete nunca habrá lugar para todos.
Pero debe ser tan fácil construirlos ¿verdad? Mucho más fácil que hacer lo del maestro aquel: redondear la vida de sus alumnos simplemente con lo que necesitaban para continuar junto al lago. Esto último nos cuesta mucho más que construir un artefacto. Qué paradoja...

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de Indios, porteños y dioses, 1966
El texto y las imágenes fueron digitalizados por el Blog Didáctica de esta Patria.
Las imágenes fueron extraídas de: Ideas Argentinas. Autores y luchadores que le dieron vida al pensamiento nacional y sudamericano, 27 de abril del 2011, Secretaría de Cultura de la Nación, Argentina

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