jueves, 28 de febrero de 2013

Megafón o la guerra y la metáfora de la Patria como vívora

Como todos los escritos de Marechal en cualquiera de sus géneros, el siguiente extracto que compartimos con ustedes abunda en símbolos y conceptos. La metáfora de la Patria como víbora es uno de ellos. En esta oportunidad, ilustramos con pinturas del maestro uruguayo Pedro Figari. No porque Marechal necesite ilustración (él pinta con las palabras) sino en un intento de asociar lo aparentemente disociado, de integrar lo artificialmente desintegrado. ¡Qué lo disfruten compatriotas!


El orden cronológico de las Dos Batallas, que voy siguiendo estrictamente ha obligado a incluir en esta segunda rapsodia los eventos que presencié yo mismo en la asamblea extraordinaria del club "Provincias Unidas" ubicado en Flores. Ocurrió al día siguiente de nuestro viaje sentimental por Saavedra, del que Megafón había vuelto con las manos vacías y yo roñoso de cadáveres poéticos.
El mismo Autodidacta detrás de sus fines, había pedido la convocación de aquel mitin o asamblea en su carácter de fundador y presidente honorario del club. Y le fue concedida en atención a tres circunstancias favorables: el día requerido era un sábado, el conjunto folklórico musical de la institu­ción estaba sin compromisos; y la vieja Zoila, genio telúrico de las em­panadas, tendría su franco semanal en el lavadero mecánico donde se ganaba el pucherete.
Pedro Figari, "Criollos", Óleo sobre cartón 35 x 50

La fundación del club, en el año 1948, había tenido como fin el agrupamiento de los hombres y mujeres provincianos que se trasladaban a Buenos Aires atraídos por su desarrollo industrial. Como "notable" del barrio, Megafón había intervenido en el delineamiento de los estatutos que otorgaban al club, prima facie, la naturaleza de una mutualidad de socorros. Pero al Autodidacto, que ya tenía sus bemoles, es­peraba otros frutos de la nueva institución: era evidente que los "cabecitas negras", en sus migraciones a la ciudad estaban desertando los verdores de la égloga por el gris abstracto de las máquinas fabriles; y corrían el riesgo de perder algunos valores que Megafón consideraba inalienables en el ser nacional, según una "economía patriótica" de su inte­lección que aplicaría él a sus batallas en los términos más rigurosos. Justo es decir que el club "Provincias Unidas", fiel a tales inquietudes, logro abundantemente la preservación de aquellas frescuras autóctonas, hasta el punto de que algunas noches el zapateo de los malambos y el voce­río de las chacareras dio a los habitantes de Flores la sensación muy viva de que se hallaban en un carnaval de Jujuy o en una "trinchera" de Santiago del Estero. El club se había instalado en un antiguo caserón de Flores con sus dos patios de baldosas y su huerta en el fondo. Las actividades públicas tenían su escena en el primer patio, donde un gran toldo verde aseguraba el curso regular de las asambleas o de los bailes contra los rigores del tiempo. Más íntimo, el segundo patio, al que daban la cocina y el "museo" del club, se adornaba con un horno rústico y una gran parrilla destinados a las bucólicas regionales: el "museo" atesoraba lazos y boleadoras, mates y estribos, ponchos y alfarerías donados por entusiastas contribuyentes. En cuanto a la huerta del fondo, se componía de algunos durazneros e higueras a cuyo amparo, en ciertos festivales nocturnos, parejas encendidas concretaron idilios cuya raíz folklórica se nutría en la quebrada de Humahuaca. Sin embargo, aquellas euforias tuvieron un menguante en 1955, no bien la contrarrevolución llamada "libertadora" embarcó a los cabecitas negras en otros cuidados. Y fue por aquel entonces y en aquel ambiente social cuando Megafón expuso en asamblea su descubrimiento de una Patria en forma de víbora.

Pedro Figari "Baile criollo en la meseta" Óleo sobre cartón 50 x 70

El primer patio, aquella tarde, lucía el tenor ambiguo de las reuniones entre familiares y de gala. Rostros del norte, del sur, del este y del este abandonaban ya sus atonías de color ausencia bajo el influjo del vino y las empanadas que Megafón había hecho circular en una primera ronda estimulante. Sobre una tarima dos músicos tostados ensayaban armonizar una quena y un arpa guaraní, según el ritmo del malambo que cierto bailarín escobillaba con sus pies de lanzadera. Frente a los músicos y al bailarín, tres forasteros jóvenes, al parecer estudiantes, observaban la escena con el aire mierdoso del intelecto que difundía entonces la Universidad. Al advertir que Megafón platicaba en secreto con los vocales del club, pasé al segundo patio y a la cocina, donde la vieja Zoila con párpados lagrimeantes de humo, freía empanadas en una olla de brujas.
Abuelita —le dije—, hay aquí un olor de sebo que voltea. —De grasa, hijo, y no de sebo —me corrigió la vieja, cuyas narices venteaban con delicia las frutas de su olla—. Peor es el tufo a mugre del lavadero.
Estudié las arquitecturas de empanadas que Zoila iba levantando en fuentes de latón. Y canté para regalo de sus oídos, en una reminiscen­cia pampeana:
De las aves que vuelan,
me gusta el chancho;
de las flores del campo,
las empanadas.

Pedro Figari "El gato", Óleo sobre cartón, 62 x 82

Un golpe de hilaridad sacudió las movibles gorduras de la vieja, un reír matinal que yo había oído antes en el sur dulce o amargo y que só­lo brota del pobre como una sublimación de su tristeza. La dejé así, bien enredada en el matorral de su risa, y salí a la huerta del fondo para mirar los durazneros que otra vez articulaban su antiguo idioma de primavera. Enseguida, volviendo al segundo patio, descubrí a dos personas de asombrosa catadura que metían sus narices en el horno riojano, se deslizaban en el museo del club, olían lazos y boleadoras o sopesaban el metal de los estribos, con el aire injurioso de dos prestamistas que realizaran un inventario antes de negociar. Aunque uno de los personajes era calvo y el otro melenudo, se integraban mutuamente por sus edades indefinibles, por sus ropas idénticas y por un cinismo natural que no ca­recía de gracia. "Parecen —observé— dos mellizos engendrados en la propia matriz de la desvergüenza." No bien concluyeron su examen, el hombre melenudo se dirigió al calvo y le dijo:
Padre, ¿no será el folklore un batracio anacrónico de color acei­tuna?
Hijo mío —le respondió el calvo—, desconfía de los hombres que usan guitarras con fines demagógicos. La guitarra patea si le tocan la ve­rija sensible.
No he de olvidarlo, padre —asintió el melenudo en tono reve­rente.
Sin decir más, uno y otro se dirigieron al primer patio. Y hube de seguirlos, no sin preguntarme qué harían en el club y en aquella tarde señalada esos dos feos hijos de la incoherencia. En el primer patio, su­bido a la tarima de los músicos, ya estaba Megafón ante una cuarentena de hombres y mujeres terrosos allí reunidos como por una fatalidad que no discernían ellos en su frescura: la empanada y el vino de una segun­da vuelta general habían dejado chispas en sus ojos y grasitudes en sus dedos. Me ubiqué junto a Megafón, y vi que a su frente y derecha los tres estudiantes aguardaban ya con entrecejos críticos, y que a su izquierda y frente hacían lo propio los dos fantoches que yo había sorprendido en el museo del club.
Oiga —le susurré a Megafón—, ¿quiénes podrían ser esos dos mamarrachos?
El dúo Barrantes y Barroso —me respondió el Oscuro.
¿Qué hacen en la asamblea?
Son dos "agentes de provocación".
¿Quién los manda?
Los traje yo mismo.
¡Tenga cuidado! —le advertí—. No hay en ellos una sola mo­lécula de cordura.
¿Y quién les pedirá cordura? —rezongó el Autodidacto.
Se oyó al fondo una voz de tonada santiagueña:
Si alguien tiene que hablar —dijo—, ¡que hable! Y si no, ¡qué vengan los músicos! Tenemos frías las tabas.
Murmullos y risas festejaron esa conminación a la oratoria o al bailongo. Y Megafón, al advertirlo, alzó una diestra imperativa en reclamo de silencio.


Pedro Figari "El escondido" Óleo sobre cartón 76 x 107

Amigos —empezó a decir—, o más bien compatriotas.
¡El Jefe nos llamaba "compañeros"! —rezongó a la derecha una tonada correntina.
Si los llamé "compatriotas"—adujo Megafón— es porque la idea de Patria será el fundamento de mi tesis. Les enseñaron que la patria era sólo una geografía en abstracción, o algo así como un escenario de la na­da. ¿Y qué otra cosa podría ser un escenario teatral si no tiene comedia ni actores que la representen? La verdad pura es que nos movemos en un escenario, que ustedes y yo somos los actores y que la comedia repre­sentada es el destino de nuestra nación. ¡Compatriotas, yo les hablaré de un animal viviente, de una patria en forma de víbora!
El dúo Barrantes y Barroso cambió una mirada turbia entre su as­pecto calvo y su aspecto melenudo.
Padre —le dijo Barroso a su otra mitad—, ¿la patria de San Martín no merecería tener una bestia más decorosa que la representara?
-— ¿Cuál, hijo mío? —inquirió Barrantes.
-—Un bruto de mayor alzada, por ejemplo el unicornio.
Ahí está el riesgo de acudir a las metáforas zoológicas —lo alec­cionó Barrantes—. Hijo, deberás abstenerte de la fauna: muerde o no se­gún el viento que sopla en la llanura.
Sí, papá —dijo Barroso en su acatamiento.
Tras haber escuchado al dúo con la benignidad que sólo se mama con las ubres de la experiencia, el Oscuro de Flores explicó:
Si acudí a la víbora fue por tres razones convincentes. Primera: la víbora es un animal del "suceder", como lo demuestra la del Paraíso; y la patria o es una serpiente del suceder o es una mula siestera.
¡Por ahí cantaba Garay! —aprobó la voz anónima de alguien que sin duda entendía.
Mi segunda razón —prosiguió el Autodidacto—se basa en el hecho de que la víbora tiene un habitat muy extendido en nuestro territorio, desde la yarará de Corrientes hasta la cascabel de Santiago y la anaconda de Misiones.
¡Faltan las de coral y de la cruz! —lloriqueó al fondo una tonada quichua.
Sin embargo —añadió el Oscuro—, mi tercera razón es la que importa. La víbora cambia de peladura: ¡se lo exige la ley biológica de su crecimiento!
Estudió a los asambleístas, para ver si columbraban ya el hilo de su tesis. Pero halló las caras vacías como papeles en blanco.
Tata —se lamentó Barroso—, el orador nos ha demostrado sa­biamente que somos un país de víboras. Lo que no entiendo bien es el intríngulis de la peladura.
Cachorro —le dijo Barrantes—, la víbora y la papa son dos tu­bérculos muy duros de pelar. ¡Júntate con los buenos!
Así lo haré, padre.
 Como asistente imparcial, entendí yo que al Oscuro se le iba la ma­no en el simbolismo. Y el dúo, que actuaba como un radar, me lo con­firmó de inmediato.
¡Padre —sollozó un Barroso confundido—, si la última empa­nada que comí no ha enturbiado mi razón, entiendo que la Cosmética es un arte sin dignidad! Ya intentó inscribir a Matusalén en un jardín de infantes.
¡Que lo diga tu mujer! —asintió el calvo paternalmente.
¡Y la tuya! —le agradeció Barroso.
En este punto un conato de motín se insinuaba en la asamblea:
¡No entendemos un pito!
¡Si tiene algo que decir, que lo diga sin vueltas!
¡El jefe nos hablaba derecho!
Y aquí uno de los estudiantes, en cuyo rostro se pintaba el amari­llo inquieto de la sociología, se dirigió al Autodidacto y le dijo:
Señor, no estamos en este mitin para escuchar un galimatías de serpientes ni los chistes de un bufón calvo y un bufón melenudo. ¡Señor las papas queman en la República!
Se oyeron aplausos. Y el rostro del estudiante, al recibir aquel imprevisto calor de las masas, trocó su amarillez intelectual por cierto rojo de combate. Pero Megafón sonreía, héroe curtido en cien mesas re­dondas.
En primer lugar —aclaró—, el estudiante confunde un símbolo con un galimatías. En segundo lugar, el dúo Barrantes y Barroso, aquí presente, no está integrado por dos bufones, sino por dos almas cuya universalidad ha devuelto al caos feliz de las ideas. En tercer lugar, las papas queman en la República: si bien lo miran, las papas no existen aquí de ningún modo, ya que los infames acaparadores las han sustraído de la canasta familiar.
El de Megafón era sin duda un golpe bajo. Y la canasta familiar, aunque traída de los pelos, volcó a su favor el talante de la asamblea:
¡Muy bien dicho!
¡Ahí te quería, escopeta!
¡Igual nos hablaba el Jefe!
La pasión se traducía en un tumulto de voces elogiosas y un erguir­se de cabezas exaltadas; en el sector izquierdo se insinuó la primera estrofa de "Los Muchachos Peronistas". Quedaban al frente un estudiante desvalido y un Megafón con su victoria.
¡Padre mío —se quejó entonces Barroso—, la masa me asusta en su inconstante bailoteo!
Pichón —le dijo Barrantes—, una cosa es levantar la masa con levaduras y otra cortar los tallarines. ¡Huye de la política, muchacho!
¿Qué laya de insecto es la política?
La política es como el libro teórico de un cocinero literario: só­lo da recetas en perejil mayor.
¡Padre! ¿No estarás rayando en lo sublime? —admiró Barroso de­votamente.
Pero Megafón, que no se dormía en los laureles, insistió con sus fa­mosas peladuras:
Compañeros —dijo—, si el cascarón ya denunciado es la causa de todos nuestros males, ¿no habrá llegado la hora de ayudar a la ví­bora?


                          Pedro Figari "Rosas y QuirogaÒleo sobre cartón, 50 x 70

¿Y a qué? —le preguntó una morocha del norte.
A que largue su vieja piel.
Denle un buen palo en el lomo —aconsejó la tonada quichua—, y el animalito dejará en tierra su pelecho de ayer y se irá viboreando con las escamas nuevas que le relucen.
Al oír aquellas palabras, el Autodidacto sintió que lo invadía una frescura elemental.
El camarada santiagueño ha dado en la tecla —dijo—. Y si él te­nía su palo en Atamisqui, yo tendré aquí mis Dos Batallas.
¿Cómo dos batallas? —inquirió el estudiante recién humillado.
Una terrestre y otra celeste —le aclaró Megafón.
Y aquí Barroso no disimuló su escándalo:
¿Dos batallas para un fácil tratamiento de la piel? —rezongó en­tre dientes.
Hijito —sentenció Barrantes—, la riqueza de medios ha obnu­bilado siempre a la burguesía. ¡Oye, pichón!
Estoy oyendo.
Respetarás a los ancianos.
El estudiante vencido se reponía de su derrota:
¿Dónde se librarán esas batallas? —preguntó.
En Buenos Aires, naturalmente —le dijo el Oscuro.
¿Cómo "naturalmente"?
En Buenos Aires están, como agentes activos, los defensores de la vieja peladura. Y aquí les daremos batalla.
 
Pedro Figari "Asesinato de Quiroga" Óleo sobre cartón 50 x 70
Pero el segundo estudiante, que había permanecido mudo como el tercero, levantó aquí una voz indignada.
¡Otra vez la cabeza de Goliath! —protestó, y su acento cordobés puso en el aire una música nueva.
¿Se refiere usted a la metáfora cabezona de don Ezequiel? —le preguntó el Autodidacto.
¡A ella me refiero! —exclamó el estudiante segundo—. Esta ciu­dad es una cabeza monstruosa que se come a todo el país. ¡La cabeza de Goliath! ¿Y el cuerpo de Goliath qué pito está tocando?
Era evidente que la réplica del cordobés había hecho impacto en el club.
¡Gran Dios! —exclamó Barroso extasiado—. ¿No es un hijo de Córdoba el que habla?
Todo buen cordobés —elogió Barrantes— es hijo natural de la Elocuencia dejada encinta por el Derecho Romano. ¡Cachorro, descúbrete ante los tribunos!
Pero voces descontentas estallaron otra vez: — ¡No entendemo ni jota!
¿Quién es Goliath, un figurón de la oligarquía? — ¡Que se vaya Goliath, y que se lleve su cabeza de cornudo! — ¡Han asesinado al federalismo! —tronó el cordobés—. ¡Esta ciu­dad destruye!
Sereno ante la tempestad, Megafón levantó su mano como si en ella tuviese una batuta. Y dirigiéndose al de Córdoba, le dijo estas palabras en las que la sensatez y la melancolía se daban un abrazo:
Buenos Aires destruye, pero sabe reconstruir lo que ha destrui­do. ¡Hablan de los porteños! ¿Dónde hallar un porteño en Buenos Ai­res? Tal vez en alguna botica de arrabal, o en la letra de un tango muerto ya como las bocas antiguas que lo cantaban. Señor, haga usted un censo de Buenos Aires, y verá que los porteños estamos en minoría. — ¡No es verdad! —gritó el de Córdoba.

 Pedro Figari "Cabaret" Óleo sobre cartón, 70 x 100

Es y no es verdad —intervino aquí el tercer estudiante—. Lo que pasa es que al orador se le fue la mano en la estadística.
¿Y qué importan los hechos numerales? —dijo Megafón—. Lo esencial es que las provincias llegaron, llegan y llegarán a Buenos Aires como a su centro necesario.
¿Necesario? —rezongó el cordobés.
El Oscuro lo miró de frente. Y luego dijo en un tono iniciático de mala espina:
Don Ezequiel intentó abatir la cabeza de Goliath. Y no lo consi­guió, ¿saben por qué? Porque le faltaba la honda bíblica del muchacho David. Yo voy a defender el testuz del monstruo, sosteniendo esta ver­dad que puede o no ser agresiva: mal que nos pese, Buenos Aires es por ahora y no sé hasta cuándo el único centro de universalización que tie­ne la República.
¿Universalización de qué? —le preguntó el estudiante humillado.
De las esencias nacionales —afirmó el Oscuro—. En este centro, y desde aquí, la nación se viene mirando en unidad, se universaliza y t rasciende.
Ante doctrina tan abstracta, la asamblea entró en un silencio de no fácil pronóstico: fruncían el ceño los estudiantes; las caras morenas de los asambleístas no revelaban emoción alguna, como si las desdibujase una misma incomprensión o un mismo aburrimiento. Hasta que Barro­so, tras digerir la enseñanza, rompió el encanto general:
Padre —confesó—, ese tribuno me ha ganado a su causa. ¿Dón­de podré hallar un water closet?
Hijo —le contestó Barrantes aún ensimismado—, según la geo­política, un water doset normal debe hallarse en el fondo y a la derecha. ¿Para qué necesitas un water closet?
Voy a universalizar mis esencias —le confesó Barroso ya de pie.
¡Adiós, cachorro! —lo despidió Barrantes no sin tenderle una piadosa mano de bendición—. ¡Y cruza las calles por las esquinas!
El mutis de Barroso pareció desatar el nudo harto endeble que ve­nía reteniendo a los integrantes de la asamblea. Rostros indecisos ya se miraban entre sí o se volvían hacia el segundo patio como si aguarda­sen una señal; y algunos asistentes, en su audacia, se pusieron de pie co­mo en un desafío.
¡No se levanten! —les gritó el Autodidacto asistido ahora por el tesorero del club.
¡Por favor, siéntense! —rogó el tesorero a los que ya desertaban la platea.


Y quizás habrían logrado su objetivo si en aquel instante, sobre la tarima de los músicos, no se hubiera manifestado el ejecutante del arpa guaraní, el cual, al hacer correr sus dedos en el cordaje, produjo un es­calofrío de notas que recorrió las vértebras de los asistentes. Al arpa no tardó en unirse un violinista del norte que rascó briosamente las cuer­das en un chámame litoraleño. Varones y hembras, a ese conjuro, reco­gieron las sillas plegables y las amontonaron contra las paredes, a fin de allanar el campo a los bailarines que ya se juntaban en parejas. Desde el segundo patio, mujeres frutales irrumpieron de súbito con fuentes de empanadas y artillería de vinos. Y detrás, presentes y ausentes a la vez, descubrí entonces a Barrantes y a Barroso que mordían sus empanadas como dos huérfanos, y a la vieja Zoila que, con sus puños en las cade­ras, observaba y reía, madre vetusta de los festivales.

Pedro Figari, "Decoración (Preparando el candombe) Óleo sobre cartón 60 x 80


Pedro Figari, "Naranjas y Azahares", Óleo sobre cartón 100 x 70



Texto extraído de: Marechal, Leopoldo (2008) Megafón o la Guerra. Buenos Aires, Seix Barral
Imágenes de pinturas de Figari extraídas de: www.pedrofigari.com
Imagen de Leopoldo Marechal extraída de: esabierto.blogspot.com.ar

sábado, 23 de febrero de 2013

MANUEL BELGRANO Y SIMÓN RODRÍGUEZ Educación técnica, descolonización pedagógica y amor al trabajo (*)

por Hugo Ferreira para Didáctica de esta Patria

Manuel Belgrano


Simón Rodriguez

Los saberes del trabajo en el pensamiento de Belgrano y Rodriguez
En los más importantes estudios sobre la historia de la educación argentina, más específicamente en la obra de Adriana Puiggrós, aparece una preocupación por la dificultad de incorporar “saberes de trabajo” dentro de la estructura escolar.
Pareciera que muchos debates que se dieron a los largo de la historia pedagógica de nuestro país giraron alrededor de cierto utilitarismo o enciclopedismo, entre el peligro de formar obreros sumisos y desviar a la clase obrera de un destino universitario por un lado, y de formar una clase media intelectual y pedante, con aires de oficial y sin capacitación para peón, por el otro. Quizá un recorrido por la historia nos ayude a reflexionar y salir del laberinto de las dicotomías. Porque, como decía el maestro Leopoldo Marechal, “De todo laberinto se sale por arriba”.
Desde el nacimiento de los nuevos Estados Americanos se buscó realizar una educación general que enseñase oficios diversos para todos los grupos populares que conformaban la población del continente. Dos exponentes de este pensamiento, contemporáneos entre sí, fueron Manuel Belgrano (1770-1821) y Simón Rodríguez (1769-1854), cuya obra pedagógica ha comenzado a ser releída recientemente. Dos de estas lecturas son los trabajos De Simón Rodríguez a Paulo Freire de Adriana Puiggrós1 y, con el estudio preliminar de Rafael Gagliano2, los Escritos sobre Educación de Manuel Belgrano editado por la Universidad Pedagógica de la Provincia de Buenos Aires. Para este artículo nos basaremos en ambos estudios, además de escritos tanto de Belgrano como de Simón Rodríguez.
En primer lugar, es necesario señalar que los proyectos educativos de Belgrano y Rodríguez se enmarcan dentro de un proyecto general de Estado. Esto, que ha sido señalado fuertemente a lo largo de diversos trabajos por el maestro Gustavo Cirigliano3 era expuesto por el creador de la bandera y por el maestro de Bolivar, no en términos de un estado ajeno de los sujetos socio-culturales que habitaban el territorio sudamericano, sino pensado con el objetivo de crear “la felicidad y la subsistencia firme del más grande número de hombres posible.”4
 Daniel Santoro, "Gótico Justicialista", óleo 120 x 80 (2011)

En sus escritos, en su carácter de funcionario colonial y luego de funcionario de la Primera Junta, como militar y como asesor de los congresos de los años 1813 y 1816, Belgrano jamás habla de “ineducabilidad”:
Como pedagogo criollo Belgrano sostiene con fuerza política la educabilidad de todos los hombres y mujeres americanos, en su singularidad específica e identidades concretas –como labradores, como jornaleros, como artesanos, como huérfanos- y establece la educación como el origen de todo progreso social, de toda regeneración moral y de toda reconstrucción económica.”5
Por su lado, Adriana Puiggrós afirma sobre Rodríguez:
la educación latinoamericana debía tener como núcleo organizador, y como sustento, a la población pobre y marginada, a la cual consideraba con las mismas dotes intelectuales y con los mismos derechos al acceso a la educación que al resto de los habitantes. Los negros, los indios, los pobres […], debían constituir la base de un sistema educativo que jugara para una democracia que el maestro de Bolívar soñaba popular.”6
En ambos próceres, encontramos que además de conocer profundamente la realidad social que los rodeaba, también plantearon la necesidad de una escuela funcional a un proyecto productivo. Así, Rodríguez proponía la enseñanza de albañilería y la vinculaba con la construcción de casas en Lacatunga,7 mientras Belgrano proponía escuelas de hilanza de lana y algodón para abastecer a las fábricas.8 Es decir, una educación como parte integrante y fundamental de un proyecto nacional y productivo.
Más allá de las teorías económicas que en ese entonces estaban en boga en Europa, en los escritos de Belgrano y de Rodríguez lo que aparece como “riqueza” es el hombre-mujer real y concreto, concebido “integralmente como iberoamericano”,9 y su felicidad como objeto del Estado.10 Esto abría un océano de distancia entre la concepción del Estado de estos dos patriotas de la independencia americana (más cercano al “estado solidarista” del Tawantisuyu) y el “estado privatista” europeo.11 Una “economía de amparo” o una “economía de desamparo”, retomando una conceptualización de Rodolfo Kusch.12 No por casualidad, Belgrano concibió una monarquía constitucional con un Inca a la cabeza y su capital en el Cuzco13. Tampoco es casual que de las cuatro escuelas que ordenó fundar Manuel Belgrano en 1813, donando el premio otorgado por la Asamblea General Constituyente de ese año como premio a su victoria en la Batalla de Salta, la primera haya sido inaugurada durante la tercera presidencia de Juan Domingo Perón y la cuarta durante el gobierno de Néstor Kirchner14

 Saberes del trabajo, formación corporal y educación de la mujer en las obras de Belgrano y Rodriguez


Daniel Santoro, "El guardapolvo nuevo", óleo 170 x 150 cm (2005)



En segundo lugar, trataré de los saberes que Simón Rodríguez y Manuel Belgrano proponían que se enseñaran, los cuales eran fundamentalmente saberes socialmente productivos o saberes de trabajo.15
Simón Rodríguez planteaba como saberes principales la agricultura, albañilería, herrería y carpintería.16 Belgrano proponía la creación de escuelas de agricultura, dibujo, hilanza y de comercio y navegación.17 Si bien este último no propuso la enseñanza de albañilería, en su Memoria planteada al Real Consulado en 1796 Belgrano se preguntaba “[l]as obras públicas, las casas, etc., ¿quién las hace?”.

 Daniel Santoro "El Sueño de la casa propia", óleo 100 x 120 cm (2009)

Ambos autores plantearon la necesidad de la educación de mujeres, mayormente aprendizajes ligados a lo textil (hilanza, dibujo, cocer, bordar, etc.) en una época donde llegaba a ser más caro vestirse que adquirir una parcela de tierra. Rodríguez pensó esa educación en clave mixta, no así Belgrano. Pero en lo que sí coincidieron ambos patriotas fue en la necesidad de una independencia económica femenina. El venezolano afirmaba que “[s]e daba instrucción y oficio a las mujeres para que no se prostituyesen por necesidad, ni hiciesen del matrimonio una especulación para asegurar su subsistencia”;18 mientras que el rioplatense escribía que “con el trabajo de sus manos se irían formando peculio (…), ocupadas en trabajos que les serían lucrosos tendrían retiro, rubor y honestidad”. Esta propuesta y exposición incipiente de una auténtica emancipación económica femenina también era una valorización de la mujer como actriz económica y cultural de las sociedades que Rodríguez y Belgrano contribuyeron a formar. Esto adquiere una especial relevancia si tenemos en cuenta el caso de Belgrano, quien en los diez años de su vida como revolucionario, estuvo rodeado de mujeres igualmente revolucionarias de su época, tal es el caso de María Josefa Ezcurra, su compañera desde que fue designado al frente del Ejército del Norte y quien más tarde sería dirigente del Partido Federal bonaerense; Juana Azurduy de Padilla, Libertadora de Bolivia, a quien Belgrano legó su sable ante la negativa de Buenos Aires de darle grado militar; y Remedios del Valle Rosas, la enfermera y soldada afroargentina nombrada por el propio Belgrano como la “Madre de la Patria”.
Estos saberes de trabajo se complementaban, sin contradicciones en el pensamiento de los dos próceres, con la aún hoy denominada instrucción básica en letras, humanidades y ciencias, así como con el adoctrinamiento católico de la época. Sin embargo, ya Simón Rodríguez se planteaba el tema de la formación corporal. El maestro de Bolívar conceptualizaba el “arte de educar” a partir de cuatro elementos:
Instrucción Social, para hacer una nación prudente:
Corporal, para hacerla fuerte:
Técnica, para hacerla experta: y
Científica, para hacerla pensadora”.19
Aún más, y como resultado de sus décadas de experiencia como docente, el venezolano hacía la siguiente propuesta pedagógica:
“En lugar de que [el niño] se apoltrone en el aire viciado de una habitación, hay que llevarle en medio del prado a que corra, juegue y se caiga cien veces. Con eso aprenderá a levantarse y a sufrir los golpes que habrá de soportar más tarde, se hará intrépido en todo.”20

 Daniel Santoro, "Colonia de vacaciones en Mina Clavero", óleo140 x 110 (2009)

Pasaría más de un siglo en la Argentina, desde los ejercicios físicos militarizados, la desmilitarización de los mismos a partir de la obra de Romero Brest en general, y de Arsenio Thamier, hasta llegar nuevamente a una posibilidad lúdica de formación corporal a través del deporte.

La descolonización como propuesta pedagógica en Rodríguez y Belgrano

En lo que se refiere a la instrucción básica, Rodríguez y Belgrano se plantearon una “descolonización pedagógica” (siguiendo la conceptualización de Arturo Jauretche21, con el sentido de reconocer y valorar América; es decir, lo propio como posibilidad y posibilitador. De esta manera, Belgrano en su Reglamento para las cuatro escuelas que ordenó fundar el 25 de Mayo de 1813, urge por esta descolonización:
El maestro procurará con su conducta y en todas sus expresiones y modos inspirar a sus alumnos, (…) un espíritu nacional, que les haga preferir el bien público al privado, y estimar en más la calidad de americano, que la de extranjero”.22
Por su parte, Simón Rodríguez planteaba que en América “inventamos o erramos”. En esa línea de pensamiento, el caraqueño denunciaba conceptualmente la re-colonización ideológica que comenzó a operar en la dirigencia de los nuevos estados americanos:
¡Traer ideas Coloniales a las Colonias!… es un Extraño antojo. – ¿Estamos tratando de quemar las que tenemos? – ¿y nos vienen a ofrecer otras? – ¿creyendo que porque están adobadas a la moda, no las hemos de reconocer?? – ¿Estamos tratando de sosegarnos, para entendernos en nuestros negocios domésticos? – ¿y vienen a proponernos cargamentos de Rubios… en lugar de los negros que nos traían antes? – ¿para alborotarnos la conciencia, y hacernos pelear por dimes y diretes, sacados de la Biblia??…”23
 Daniel Santoro "Civilización y barbarie", óleo 170 x 130 cm (2006)

A través de estas ideas y conceptos pedagógicos que aquellos dos patriotas sembraron en aquel entonces, se pretendía esta descolonización cultural necesaria para emprender la tarea de dar nacimiento a las nuevas naciones americanas. De manera similar lo planteaban José Artigas en la escuela del campamento político-militar de Villa Purificación durante su protectorado de la Liga Federal,24 o José de San Martín durante su protectorado en Perú en el que hizo hincapié en el estudio y conservación de las obras culturales y edilicias del Tawantisuyu.25 ¿Qué es lo que une a estas cuatro propuestas, en diversas geografías de la América del Sur? La urgencia por el conocimiento de lo propio. De esta manera, el ejercicio descolonizador quizá haya comenzado al colocar al frente de las escuelas el escudo diseñado por Tito Quispe Túpac Huáscar26 para la Asamblea del año XIII, con su gorro colla y su sol incaico.

Palabras finales: El amor al trabajo
Volviendo a los saberes de trabajo que proponían Manuel Belgrano y Simón Rodríguez, y para cerrar esta reflexión, ¿cuál era el fin último de la educación técnica que ambos se proponían? Ciertamente no consistía simplemente en crear un proletariado dócil y capacitado para una industria casi inexistente en el continente en la alborada del siglo XIX. Si bien la creación de industrias era parte del proyecto de los revolucionarios de la emancipación – para Belgrano y Moreno debía ser creado por el Estado; Rodríguez pensaba más en un capitalismo cooperativista protegido por el Estado –, lo que se habían propuesto era “instruir, y acostumbrar al trabajo”27 en palabras de Rodríguez, y a “inspirarles amor al trabajo”28 según el padre de la bandera. En la actualidad denominamos a esto cultura del trabajo.
Es allí donde podemos repensar una educación para el trabajo. No se trata de pensar linealmente “aprende jardinería, luego será jardinero”, tal como lo ha razonado el desarrollismo (que trataren otro artículo). Se trata de aprender a trabajar, a organizar la tarea, a realizarla integralmente y obtener de ella el sustento, en “estado fruitivo” agregaría Norberto Zen29. Eso es lo que entiendo por el “amor al trabajo” que proponían Manuel Belgrano y Simón Rodríguez como objetivos de la educación.

Bibliografía citada
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(*) El presente texto se puede citar de la siguiente manera: Ferreira, Hugo (2013, 22 de febrero) "Manuel Belgrano y Simón Rodriguez: Educación técnica, descolonización pedagógica y amor al trabajo" en Blog Didáctica de esta Patria. Recuperado de: http://didacticadeestapatria.blogspot.com.ar/2013/02/manuel-belgrano-y-simon-rodriguez.html
1 Puiggrós, Adriana (2011) De Simón Rodríguez a Paulo Freire. Educación para la integración Iberoamericana. Buenos Aires, Colihue
2 Belgrano, Manuel ; Gagliano, Rafael S. (presentación) (2011) Escritos sobre educación : selección de textos. La Plata : UNIPE, Editorial Universitaria.
3 Cirigliano, Gustavo F.J. (1988) Educación y país : hacia una teoría de la Argentina. Buenos Aires : Humanitas.
-------- (1987) Proyecto de país : aportes para los docentes. Buenos Aires : Docencia.
-------- (1986) Persona, proyecto nacional y sistema educativo. Buenos Aires : Docencia
4 Belgrano: 2011, p. 119.
5 Gagliano: 2011, p. 16.
6 Puiggrós: 2010, p. 44.
7 Op. cit., pp. 57 y 58.
8 Belgrano: 2011, p. 56.
9 Puiggrós: idem, 44.
10 Belgrano, idem, 119.
11Astesano, Eduardo B. (1979b).
12Kusch, R.: 2007, tomo 2, pp. 108 y 109.
13 Artesano, Eduardo B. (1979a).
14 Rodríguez, Carlos “La escuela que belgrano nos legó en Página 12 del miércoles 7 de julio del 2004. Versión digital disponible en: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-37689-2004-07-07.html (Consultada el 21/02/2013)
15 Puiggrós, idem; Gagliano, idem.
16 Rodríguez, S Sociedades Americanas…, p. 253.
17 Belgrano, 2011.
18 Rodríguez, Sociedades Americanas…. P. 254.
19 Ídem. pp. 200, 207.
20 Rodríguez, 2007.
21 Jauretche, A. (1957) “La Colonización Pedagógica”, en Los Profetas del odio y la yapa. Buenos Aires, Peña Lillo.
22 Belgrano apud Gagliano, op. cit. p. 27.
23 Rodríguez, Simón, García Bacca, Juan (prolog.) (1990) Sociedades Americanas. Venezuela. Biblioteca Ayacucho. (Primera edición de 1828) p. 90 (subrayado en el original.) Versión online disponible en: http://www.bibliotecayacucho.gob.ve/fba/index.php?id=97&backPID=103&begin_at=104&tt_products=152. Cosultada el 21/02/2013
24 Puiggrós (2006) Qué pasó en la Educación Argentina. Buenos Aires, Galerna. pp. 48-50.
25 Galasso, N. (2010) Seamos Libres y lo demás no importa nada. Vida de San Martín. Buenos Aires, Colihue.
26 Más conocido por su nombre criollo Juan de Dios Rivera, v. Lewin, Boleslao (1957). La Rebelión de Tupac Amarú. Buenos Aires, Sociedad Editora Latinoamericana
27 Rodríguez, op. cit., p. 254.
28 Belgrano, op. cit., p. 55.
29 Zen, Norberto Victorio (2008) “Apuntes de iniciación. Apuntes para desarrollar una metodología de iniciación a diferentes aprendizajes” en: Temas del deporte en el contexto de la Política Nacional. Año 1 Nº 3, Agosto del 2008, Buenos Aires, Centro de Estudios e Investigación del Deporte.